Era una casa sobria, con suelos de pino y no demasiados muebles. Las paredes eran blancas, y en los muebles predominaba un horrible color violeta. La silla tapizada y el sofá estaban en su sitio. En la soleada cocina, un armarito había sido arrancado de la pared, y toda la cerámica y el cristal estaban hechos añicos en el suelo. Una buena dosis de sangre coagulada, como una salpicadura, manchaba el escurridero y caía hacia el fregadero.

Fui reconstruyendo la pelea desde su inicio en la cocina, luego a través del salón y desde la puerta de atrás hacia la delantera, donde el gordo había perdido al fin su carrera contra la muerte.

En la esquina del pequeño patio delantero vi el arma. Era un mazo para ablandar la carne. Un martillo de acero inoxidable cuya cabeza estaba formada por un cubo de diez centímetros de lado con unos dientes picudos para romper las fibras duras de la carne. El mazo estaba cubierto de sangre oscura.

Volví a la casa, al dormitorio de la mujer. Allí los colores eran blanco y rosa. La cama pulcramente hecha estaba cubierta con una colcha de raso y en la cabecera se amontonaban unas pequeñas almohadas acolchadas. La habitación parecía tan inocente que, comparada con el desorden que reinaba en las demás partes de la casa, casi adoptaba un aire siniestro.

Había cuatro fotos pegadas con cinta adhesiva al espejo del tocador de Isolda. Una era la de un hombre robusto, quizá el cadáver, no podía estar seguro sin darle la vuelta. Las dos siguientes eran de Brawly con diez o doce años, y también ya de mayor. La última foto era de una mujer muy guapa de treinta y tantos años con bañador y riéndose con Brawly, que se quitaba el agua de los ojos. Esa foto se había tomado cerca del embarcadero de Santa Mónica.

En el cajón encontré un sobre rojo y negro lleno de fotos. La mayoría de ellas eran de la mujer que posaba con traje de baño de dos piezas. Parecía muy seductora. Lo raro era que las fotos se habían tomado en el interior, en una habitación que yo no había visto en aquella casa. En una foto estaba echada en una cama con las piernas separadas y la espalda arqueada. Ostentaba una sonrisa que podría haber convertido en un semental a un hombre de ochenta años.



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