Mientras miraba aquellas fotos oí cómo se cerraba la portezuela de un coche en algún lugar. Al principio fue sólo un sonido lejano, que carecía de significado para mí. Luego, por algún motivo, pensé en las fotografías en blanco y negro que había visto en alguna ocasión en un libro sobre la antigua Roma. Me pregunté por qué habría pensado en aquel momento en el Coliseo. Luego me volvieron a la mente los policías. Corrí hacia la puerta delantera y atisbé desde detrás de las cortinas violeta.

La visión de los cuatro policías me abatió durante un segundo. Si habían enviado dos coches patrulla significaba que alguien había visto el cuerpo y había llamado. Tenía esa sensación inevitable de rendición incondicional que me asalta a veces.

Pero pasó enseguida.

Huir era una verdadera locura, pero me dispuse a hacerlo con gran vigor. Me metí las fotos en el bolsillo y corrí hacia la puerta trasera de la cocina. Valiéndome del faldón de la camisa, abrí el picaporte. Al salir ya oía la voz de un hombre que decía: «Cuidado, Drake. Un hombre muerto».

Me agaché en el desnudo patio trasero y me dirigí hacia la verja. Después de saltar el obstáculo, me encaminé hacia la calle siguiente por el camino trasero del vecino. La mayoría de la gente de aquel barrio, hombres y mujeres, pasaba el día trabajando, de modo que no me preocupaba demasiado ser visto. Tiré las fotos a un cubo de la basura preparado para la recogida semanal por si los policías me detenían.

El único problema que tenía ahora era acercarme a mi coche sin ser visto. En otra ciudad habría sido fácil, pero no en Los Ángeles.

Di un gran rodeo y subí dos manzanas hacia Henry. Cuando llegué al edificio de Isolda, había cuatro coches de policía aparcados delante. Un coche patrulla que se aproximaba pasó a mi lado. Aminoraron la marcha y me observaron. Yo me volví y les miré y seguí andando.



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