
Supongo que el reclamo de la acción les atraía. Un hombre muerto en la puerta de una casa entonces todavía era noticia.
Metí la llave en el contacto al cuarto intento, y, dentro de los límites de velocidad, pasé junto al ensueño color azul claro. Los policías, con sus oscuros uniformes, me recordaron a las hormigas que se ajetreaban en el cadáver que tenían a sus pies.
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Desde el momento en que oí la voz de John esperaba problemas. Los buscaba. Pero el muerto me había serenado un tanto. No quería meterme hasta ese punto en los sufrimientos de otra persona. Tampoco quería que me usaran. Pero dudaba de que John y Alva me hubiesen mentido… al menos sobre el crimen.
Decidí no llamarles hasta haber visto a Brawly. Si le decía a Alva que había encontrado a un hombre muerto en lugar de a su hijo, no sabía adónde podría llevarla su imaginación. Así que iría al cuartel general del Partido Revolucionario Urbano con la esperanza de al menos ver al joven.
Pero primero tenía que comer. No había comido nada desde las tortitas de Juice, y el miedo siempre me abría el apetito.
Hambones era un local de cocina tradicional sureña en Hooper, no lejos de la dirección de la sede de los Primeros Hombres. Hacía mucho tiempo que no pasaba por allí porque servía a una clientela un poco dura, y yo llevaba unos cuantos años (con un solo y grave error) tratando de negar que había viajado jamás en tales compañías.
Sam Houston, orgulloso y negro hijo de Texas, era el propietario del local. Éste constaba de una sola habitación alargada con mesas pegadas a una de las paredes y una cocina en la parte de atrás. Si uno quería comer en el Hambones tenía que sentarse junto a su acompañante y mirar al hombre de cara.
