Sam estaba de pie detrás del mostrador, que le llegaba a la cintura, al fondo del local. Detrás de él se encontraba la cocina, llena de miembros de su familia, sus cónyuges y algunos amigos.

– Hola, Sam -le saludé mientras me dirigía hacia él.

– ¡Sabía que se la iban a llevar, Easy! -gritó. La voz de Sam sería un grito para cualquier hombre normal.

– ¿Qué es lo que se han llevado?

– La Estrella de la India -dijo, con un tono satisfecho y engreído-. Los del Museo de Historia Natural de Nueva York. Lo sabía.

Para entonces ya había llegado junto a él. Su pomposa declaración me irritó.

– ¿Que sabías qué?

– Sabía que tenían que robarnos una cosa así. No puedes tener ahí una joya que vale un millón de dólares para que la vea cualquier pelagatos. Lo leí en elExaminer. -Hizo un gesto hacia una arrugada pila de periódicos que tenía a su lado en el mostrador.

– Pero ¿de qué demonios estás hablando, Sam? -Llevaba al menos dos años sin ver a aquel hombre, y las primeras palabras que salían de su boca ya me ponían furioso-. ¿Con toda la mierda que sale en los periódicos y tú tienes que preocuparte por un maldito trozo de culo de vaso?

– Es el dinero, tío. Todo tiene que ver con el dinero. Lo siento por los de los derechos civiles, pero están muertos. ¿Y qué les pasa a los que los matan? Pues que se van a ver a un juez blanco para tomar el té, y esa misma noche cenan con sus mamás.

– ¿Y tú qué narices sabes de todo eso?

– Yo sé lo que sé, Easy. Yo sé lo que sé.

– Pero tío, si tú no sabes una mierda.

El hombre alto agachó la cabeza y me sonrió como si pensara: «Te he atrapado».

Sam Houston siempre me ponía furioso. Era la forma que tenía de tomarse todas las cosas que oía, veía o leía, dándoselas de experto. Si ibas a verle y le decías que estabas haciendo un muro de hormigón, empezaba a darte lecciones sobre cómo hacer los cimientos y el tipo de drenaje que ibas a necesitar. El no había levantado un solo dedo, pero te decía qué era lo que habías hecho mal.



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