Y lo malo era que a menudo tenía razón.

Sam era alto, como he dicho, pero además tenía un cuello extraordinariamente largo. Su piel tenía la textura del cuero, de un color marrón claro con sombras grises, y sus ojos eran unos objetos saltones que giraban de forma extravagante sin importar lo que estuviera diciendo o, con menos frecuencia, escuchando.

– Te lo aseguro, Easy. Lo único que tienes que hacer es leer ese periódico y todo, todo encaja.

– ¿Y cómo es eso?

– ¿Tú tienes coche?

– Ajá.

– ¿De qué año?

– Un Pontiac del cincuenta y ocho -dije.

– De modo que si pasas de ochenta, traquetea, ¿verdad?

¿Cómo sabía eso?

– Bueno -siguió Sam-, Craig Breedlove consiguió ir a más de ochocientos kilómetros por hora en su coche en Salt Flats. Tú ahí traqueteando a ochenta, y él firme como una roca a ochocientos. Así es como estamos. Los coches del hombre blanco están a cincuenta años de distancia, y tú apenas has salido de la Edad Media.

Asentí. Podría haberle preguntado qué clase de coche tenía él. Podría haberle preguntado a qué velocidad iba. Podría haberle roto su largo cuello. Pero no, asentí y conseguí la primera de las dos cosas que buscaba en Hambones.

Sam se volvió y dijo:

– ¡Clarissa! ¡Tráele a Easy unas costillitas de esas en su jugo!

– Vale -dijo una joven muy callada que llevaba unos pantaloncitos cortos color rosa y una blusa también rosa. Una cinta verde le sujetaba detrás el pelo alisado.

– Bueno, Easy -dijo Sam-, ¿cómo tú por aquí?

Sam no dejaba que muchas personas comieran en su barra. Si ibas allí, tenías que pedir la comida para sentarte en una mesa o para llevártela a casa. Pero no le gustaba que estuvieras por ahí remoloneando y tapándole la vista. La mayoría de los hombres que intentaban entablar conversación con Sam escuchaban lo siguiente: «Siéntate, tío. No puedo perder el tiempo aquí contigo. Esto es un negocio».



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