El hecho de que pudiera quedarse mirando y gritar a la mayoría de su clientela decía mucho a su favor. Porque los hombres que frecuentaban Hambones no eran de los que se dejaban amedrentar.

Antes de responder a la pregunta de Sam, dirigí la vista a lo largo de las paredes. Había tres hombres y cuatro mujeres. Cada uno de los hombres iba con su novia, y una de esas novias había traído consigo a una amiga. Aquella mujer sobrante llevaba un vestido rojo que debía de quedarle bien cuando usaba una talla menos. De todos modos, probablemente así le quedaba mejor, bien ajustado sobre sus formas femeninas. Me miró y volví a sentir aquella fiebre. Su mirada, sin embargo, no me conmovió. No buscaba más amor del que podía entregarme Bonnie Shay.

No conocía a ninguno de aquellos hombres, pero notaba su violencia. Hombres duros, con trajes oscuros y camisas blancas con el cuello sucio y pequeños agujeros de cigarrillo en la pechera. Delincuentes, asesinos y ladrones. Nunca comprendí por qué Sam se rodeaba de tanto peligro.

– Ah, nada -dije, respondiendo a la pregunta de Sam.

– Vamos, Easy. Seguro que tienes una respuesta mejor que ésa. No te veo desde hace dos años. Odell me dijo que tenías un trabajo en el Consejo Escolar, que te habías trasladado a West L.A. y te habías comprado una casa. Debes de necesitar algo si has cruzado todas esas fronteras para venir aquí a hablar conmigo.

– Aquí tiene -dijo la chica vestida de rosa, colocando un plato con un montón de costillitas delante de mí.

– Pero, chica, ¿a ti qué te pasa? -preguntó Sam, furioso.

– ¿Qué? -se quejó Clarissa.

– Ponle algo de verdura y maíz. No es un animal para que le eches la carne de esa manera. Necesita una comida equilibrada. -Sam meneó la cabeza decepcionado y su camarera hizo un puchero.



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