– ¿Qué prefieres, col u hojas de colinabo, Easy? -preguntó Sam.

– Col.

– Ah, sí, tío, yo también. A mí me parece que las hojas de colinabo son amargas. -Y pronunció la última palabra con énfasis para recalcar su disgusto. Sam Houston era un texano de pies a cabeza.

– ¿Conoces a un chaval joven que se llama Brawly Brown? -le pregunté cuando Clarissa se hubo ido de nuevo en busca de mis verduras.

Sam sacó una botellita de salsa Tabasco de debajo del mostrador. La abrí y rocié mi carne con ella.

– Brawly Brown el travieso -dijo Sam, y suspiró-. Vaya, vaya… Ese chico tiene problemas y ni siquiera lo sabe.

– Entonces, ¿lo conoces?

– Ah, sí. Siempre anda con la mosca detrás de la oreja, parece hecho de rabos de lagartija, muerde más de lo que puede tragar y va por ahí como un perro sin amo. Aunque parezca exagerado, así es Brawly.

– Entonces, ¿es como un niño grande? -le pregunté, con deferencia.

– Sí, es demasiado, Easy. Un día viene aquí diciendo que va a alistarse en el ejército y lanzarse en paracaídas en algún lugar de Asia. Que va a ganar un buen dinero y luego ir a la universidad con una beca del gobierno. A la semana siguiente se pasa al otro lado, y ahora es un revolucionario. Me dice que sólo soy un esclavo porque trabajo para el amo blanco. ¿Te lo imaginas? Ese chico, que es como una bola de manteca, viene aquí, se come mi comida y me insulta…

Clarissa llegó con un plato grande de verdura con tocino. La col exhalaba un penetrante aroma vegetal unido a un leve olor a vinagre.

– No, no lo entiendo, Sam. Esta es la mejor comida que he probado desde hace muchos días. Muchos, muchos días.

Y no mentía, la verdad. Esa comida tradicional te alimenta el espíritu. Y mi espíritu estaba ahora volando por las nubes con la verdura y las costillas.

– Vale, Easy. Comes gratis y además contesto a tus preguntas. Y ahora dime, ¿por qué estás aquí?



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