Mi corazón se aceleró. El perrito amarillo sacó el morro por debajo del armario de la cocina.

No sé si fue oír la voz de un viejo amigo o la preocupación que se notaba en su tono lo que captó mi atención.

El caso es que de repente ya no me sentía abatido ni triste.

– ¿Qué quieres, John?

– ¿Por qué no vienes a verme a la obra, Easy? Quiero mirarte a los ojos cuando te diga lo que quiero.

– Ah -dije, pensando en nosotros dos, y en el hecho de que lo que tenía que contarme John era demasiado grave para discutirlo por teléfono-. Claro. En cuanto pueda, voy para allá.

Colgué notando una sensación vertiginosa que me rondaba las tripas. Notaba la sonrisa que adornaba mis labios.

– ¿Quién era? -preguntó Bonnie. Estaba de pie en la puerta que daba al dormitorio, medio envuelta en un albornoz de toalla. Estaba más hermosa de lo que merecía cualquier hombre.

– John.

– ¿El camarero?

– ¿Tienes que salir hoy? -le pregunté.

– Lo siento. Pero después de este viaje, estaré libre una semana entera.

– No puedo esperar tanto.

La cogí entre mis brazos y la llevé de vuelta al dormitorio.

– Easy, ¿qué estás haciendo?

La arrojé en la cama y cerré la puerta que daba a la cocina. Me quité los pantalones y me eché encima de ella.

– Easy, pero ¿qué te ha picado?

La expresión de mi rostro era respuesta suficiente para cualquier excusa que ella hubiese podido poner, como los niños o que necesitaba dormir.

No podía explicar mi arrebato repentino de pasión. Lo único que sabía era que el perfume de aquella mujer, el sabor y la textura de su cuerpo en mi piel y mi lengua era algo que nunca jamás en mi vida había sentido. Fue como si aquella mañana descubriera el sexo por primera vez.

2

A las nueve en punto, Jesus, Feather, Bonnie y yo estábamos sentados a la mesa, desayunando. Jesus había hecho las tortitas con una masa preparada mientras nosotros estábamos todavía en la cama, demostrando una vez más que era un hijo mejor de lo que yo merecía.



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