– Las tortitas estaban deliciosas -le dijo Bonnie al chico.

– Voy a dejar el instituto -replicó él.

– ¿Y si lo dejas se pondrá triste? -preguntó Feather, y soltó una risita.

Yo también me reí y Bonnie me dirigió una mirada severa.

– ¿Cuándo lo has decidido? -preguntó Bonnie.

– No lo sé -respondió él-. Hace poco.

– ¿Sabías esto, Easy?

– Me lo ha dicho esta mañana.

– ¿Y qué piensas?

– Creo que tenemos que hablarlo.

Jesus eligió ese preciso momento para ponerse de pie y salir de la cocina. Era una demostración de ira muy rara por su parte. Yo quise detenerle, hacer que volviese a la mesa y discutir el tema de su educación. Pero todavía me sentía febril y aturdido. También yo quería salir corriendo de aquella habitación.

– ¡Jesus! -gritó Bonnie. Pero él hizo como si no la oyera.

– ¡Juice, espera! -chilló la pequeña Feather. Saltó de su silla y corrió hacia la puerta.

– Feather… -dije yo.

Ella se detuvo y se volvió en redondo. Tenía la carita redonda, pero no gordinflona, el pelo rubio y tupido, la piel clara y los rasgos negroides. Era hija de otro hombre, pero yo era el único padre que había conocido jamás.

– Hum… eh… -tartamudeó-. ¿Me puedo levantar?

– Ve -dije, y ella salió.

Frenchie corrió tras ella. La puerta mosquitera ya estaba cerrada, pero el perrillo la rascó hasta que consiguió abrirla de nuevo, y luego se echó a correr para alcanzar a su amita.

Cuando levanté la vista para mirar a Bonnie, vi que me estaba examinando como si yo fuera un marciano acabado de surgir de la Dimensión Desconocida.

– ¿Pero qué narices te pasa, Easy?

– Ha saltado con eso esta mañana -le expliqué-. Conozco a Juice. Si le decimos que no por las buenas, no hará los deberes o incluso procurará meterse en líos para que lo expulsen.



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