
«Ling no tiene la culpa», se dijo Chen una y otra vez. Con todo, la noticia lo dejó anonadado.
– Su marido es también «hijo de un cuadro superior», además de un empresario de éxito y un cuadro del Partido. Aunque a Ling eso no le importa, ya lo sabes…
Chen escuchaba en un rincón con la mirada fija en la pared que tenía enfrente, que parecía un folio en blanco. En cierto modo, se sentía como quien escucha algo que le ha sucedido a otro.
– Tendrías que haberte esforzado más -añadió Yong en defensa de Ling-. No puedes contar con que una mujer se pase la vida esperándote.
– Entiendo.
– Tal vez no sea demasiado tarde. -Yong esperó a la despedida para darle la puntilla-: Ling aún siente cariño por ti. Ven a Pekín, tengo muchas cosas que contarte. Hace tanto que no vienes que ni me acuerdo de tu aspecto.
Así que Yong no estaba dispuesta a tirar la toalla, aunque la propia Ling ya lo hubiera hecho al decidir casarse con otro. En realidad, Yong quería que Chen viajara a Pekín para una posible «misión de salvamento».
Chen no sabía cuánto había durado la conversación que acababa de mantener en el pasillo.
Cuando por fin volvió a la sala de reuniones, el debate político tocaba a su fin. El comisario Zhang sacudió la cabeza como si fuera un tambor chino. Li lo miró fijamente con expresión escrutadora. Tras sentarse de nuevo junto al secretario del Partido, Chen permaneció en silencio hasta el final de la sesión.
Cuando los asistentes a la reunión empezaban a irse, Li llevó a Chen a un lado.
– ¿Va todo bien, camarada inspector jefe Chen?
