– Todo va bien -respondió Chen, volviendo a adoptar su papel oficial-. El tema que hemos tratado hoy me ha parecido muy importante.

Después, en lugar de volver a su piso, Chen decidió visitar a su madre. Aquella noche no le apetecía cenar solo.

Sin embargo, al torcer por la calle Jiujiang el inspector jefe aminoró el paso. Ya eran casi las seis. Su madre, una mujer de salud frágil y costumbres frugales, vivía sola en su viejo barrio: sería mejor que comprara comida hecha si pensaba presentarse sin avisar. Entonces recordó que había un pequeño restaurante a la vuelta de la esquina. En su infancia, cuando aún iba a la escuela primaria, Chen pasaba por delante a menudo y solía mirar con curiosidad hacia el interior, pero nunca llegó a entrar.

Un niño pequeño hacía rodar un aro de hierro oxidado por una bocacalle, una escena que a Chen le resultó familiar pese a no haberla visto en mucho tiempo. Era como si, en la creciente oscuridad, cada vuelta del aro le trajera a la memoria recuerdos de su infancia. Lo invadió una sensación de déjà vu.

Le entraron dudas sobre si visitar a su madre o no. La echaba en falta y se sentía mal por no haber podido ocuparse de ella como era debido, pero aquella noche no le apetecía aguantar uno de sus sermones sobre su prolongada soltería, que siempre incluían la misma máxima confuciana: «Hay ciertas cosas que convierten a un hombre en un mal hijo, y no tener descendencia es la más grave». Tras echar una mirada rápida a la fachada del restaurante, que parecía tan sórdido e inmundo como años atrás, Chen decidió entrar. Del techo, manchado de humo y de humedad, pendía una bombilla desnuda que iluminaba con luz débil tres o cuatro mesas sucias y destartaladas. La mayoría de los clientes, tan mugrientos como el restaurante, sólo tenía delante bebidas alcohólicas baratas y platos de cacahuetes hervidos.

La camarera, una mujer baja y rechoncha que rondaría los cincuenta y pico, le entregó una carta sucia con gesto hosco y sin dirigirle la palabra. Chen pidió una cerveza Qingdao y dos platos fríos: tofu desecado con salsa roja y huevo de mil años con salsa de soja.



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