
– ¿Tienen alguna especialidad de la casa? -preguntó Chen.
– Tripas de cerdo, pulmones, corazón y otros despojos, cocidos al vapor con vino de arroz destilado. Nuestro cocinero aún elabora su propio vino de arroz. Es una especialidad de la antigua cocina de Shanghai. No creo que pueda encontrarlo en ningún otro sitio.
– Estupendo, tomaré eso -dijo Chen mientras cerraba la carta-. ¡Ah! Y también una cabeza de carpa ahumada. Que sea pequeña.
La mujer lo miró de arriba abajo sin ocultar su curiosidad. Al parecer, Chen era un cliente importante para un antro como ése. Él era el primer sorprendido de tener tan buen apetito aquella noche.
Un cliente que estaba sentado a una de las mesas del fondo se volvió para mirarlo. Chen lo reconoció enseguida: era Gang, un vecino de su antiguo barrio. Gang había sido un poderoso dirigente dentro de la organización de los Guardias Rojos de Shanghai a principios de la Revolución Cultural. Años después cayó en desgracia, y acabó convertido en un gandul borracho y sin empleo que vagabundeaba por el barrio. Chen conocía a través de su madre las vicisitudes del legendario ex Guardia Rojo.
Gang se volvió, carraspeó y comenzó a aporrear la mesa con fuerza.
– Los sabios y los eruditos están solos durante miles de años. Sólo un borracho deja su impronta.
Parecía una cita de Li Bai, poeta de la dinastía Tang conocido por su pasión por la bebida.
– ¿Sabe quién soy? -siguió diciendo Gang-. El comandante en jefe del tercer cuartel de los Guardias Rojos de Shanghai. Un soldado leal a Mao, que lideró a millones de Guardias Rojos para que combatieran por él. Al final, Mao nos arrojó a los leones.
La camarera depositó los platos fríos y la cerveza Qingdao sobre la mesa de Chen.
– Enseguida le traigo los fideos y la especialidad del chef.
