Nada más irse la camarera, Gang se levantó y se dirigió a la mesa de Chen arrastrando los pies, con una sonrisa de oreja a oreja. Llevaba una minúscula botella de alcohol en la mano, conocida popularmente entre los borrachos como «el petardo pequeño».

Así que usted es nuevo aquí, joven. Me gustaría darle algunos consejos. La vida es corta, sesenta o setenta años como mucho, no tiene sentido desperdiciarla preocupándose hasta que el pelo se le ponga blanco. ¿Una mujer le ha roto el corazón? ¡Venga ya! Las mujeres son como esa cabeza de pescado ahumado. Poca carne, pero demasiadas espinas, mirándolo con esos ojos tan repugnantes desde un plato blanco. Si no va con cuidado, se le clavará una espina en la garganta. Piense en Mao. Incluso un hombre como él acabó mal por culpa de su mujer, o de sus mujeres. Al final, de tanto follar perdió la cabeza.

Gang hablaba como un borracho, saltando de un tema a otro con escasa coherencia, pero sus palabras intrigaron a Chen, e incluso lo desconcertaron.

– Así que usted tuvo su momento de gloria durante la Revolución Cultural -dijo Chen, indicándole a Gang con un gesto que se sentara a su mesa.

– La revolución es como una puta. Primero te seduce y luego te abandona como si fueras un trapo con el que se ha limpiado la mierda del culo. -Gang se sentó frente a Chen, cogió un trozo de tofu desecado con los dedos y sorbió de su botella casi vacía-. Y una puta también es como la revolución, porque te embarulla la cabeza y el corazón.

– ¿Y así es como ha acabado usted aquí, por culpa tanto de las mujeres como de la revolución?

– Ya no me queda nada. Bueno, nada excepto la bebida. El alcohol nunca te abandona. Cuando estás mamado, bailas con tu propia sombra, que siempre te es fiel. Tan dulce, tan paciente, y nunca te pisa al bailar. La vida es corta, como una gota de rocío al amanecer. Los cuervos negros ya han empezado a volar en círculos sobre tu cabeza, y cada vez se acercan más. Así que ¡salud! Alzo mi copa.



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