– ¿Pero cuántos ascensoristas puede haber en Catamarca?

– ¡No sé, carajo! ¡No importa eso! No es el sindicato de ascensoristas, en este caso. Es un ejemplo nomás, boludo. Pueden ser los choferes de organismos oficiales o el Club de Leones… No nos dijo ese Bertucci para quiénes son las banderas. Pero las compra. Nos dan diez pesos por banderola: es una plata.

El otro se había quedado callado, enculado.

– ¿Qué te pasa ahora?

– Voy a mear, ya vengo -dijo el flaco y se levantó con brusquedad.

Cuando se alejó, el Profesor encaró a Loayza:

– ¿Y cuánto dijo que pagan los de Defensa y Justicia?

– Hasta cinco pesos. La mitad contra entrega.

– Es poco, pero se entiende.

El gordo meditó un momento o pareció que lo hacía:

– Aunque habría otra posibilidad que su propuesta me sugirió -dijo cambiando de tono, eligiendo las palabras para él-. A mí me parece de alto contenido simbólico esto de arrebatar las banderas… No es un hurto simple, amigo mío. Tiene en el fondo otro sentido que va más allá del simple valor pecuniario.

Loayza se daba cuenta de que el Profesor le hablaba a él de otro modo que al flaco. Más difícil. Y lo trataba de usted. No sabía por qué pero le gustaba y le daba un poco de miedo también, porque no podía preguntar cuando no entendía.

– Arrebatar ese signo de falso ecumenismo que es la bandera pontificia y ponerla otra vez en manos de las masas, del pueblo me animo a decir… -decía ahora-. En otros tiempos, no muy lejanos… Usted cuánto hace que está acá…

– Van a hacer dos años.

– Es boliviano…

– Peruano.

– Peruano, claro -el Profesor se excusó-. Sabrá entonces quién era Mariátegui.

Loayza no lo encontró en ninguna formación de Sporting Cristal, de Alianza Lima, de Universitario. Meneó la cabeza:

– ¿Haya de la Torre?



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