
Tardaron en atender. Al final se asomó la mujer.
– Ya se fue -le dijo de lejos y sin abrir del todo la puerta.
– Quería confirmar lo de hoy, el lugar y la hora -explicó Loayza-. No vaya a ser que…
– Yo le di anoche el papelito.
– ¿Qué dijo?
– Nada. Que estaba bien.
La mujer se quedó callada. Loayza miró hacia el asfalto.
– Viene el colectivo -dijo.
Se despidió con un gesto y corrió para alcanzado. A esa hora pasaban cada veinte minutos y, si se le iba, seguro perdía el tren.
Se bajó en Aristóbulo del Valle y caminó hasta Puente Saavedra. Desde el otro lado de la avenida ya lo vio al Profesor en la mesa del Bar Iruña. Estaba sentado junto a la ventana y conversaba con un pibe que parecía puesto ahí sólo para escucharlo. El Profesor era muy gordo. Y hablaba mucho.
Loayza entró al bar sin disimular el apuro, casi exagerando:
– Buen día.
– Ojalá -dijo el gordo.
El otro, ni eso dijo. Le ofrecieron la silla vacía.
– Se le hizo tarde, amigo.
– El tren, Profesor -Loayza se sentó como pidiendo permiso-. Estuvo parado un rato largo en Carapachay.
– ¿Qué va a tomar?
– Un café.
El gordo llamó al mozo y pidió un café solo y un café con leche con tres medias lunas:
– Éste todavía tiene que crecer -y señaló al otro con la cabeza.
El Profesor tenía la cara grande, blanca y ancha, y de cerca parecía más viejo. O tal vez estaba más viejo que la vez anterior, cuando Loayza lo conoció, en ese mismo bar casi a la sombra de la General Paz. Y el pibe no era tan chico; parecía nomás, por la cara de pendejo, la falta de barba y el pelo largo.
– No los presento -anunció el Profesor mirándolos alternativamente-. No es necesario ni conveniente. Estamos en operación y es mejor que cada uno sepa sólo lo mínimo del otro.
