
Los dos asintieron.
– Usted -le dijo a Loayza-, nada que ver con esta parte del trabajo. Ahora estoy con él, que recién se interioriza. Puede quedarse, pero espere un rato.
– Claro.
– ¿Qué hace él? -dijo el flaco.
– No te importa, nene: seguimos con lo nuestro.
Y mientras el mozo traía el pedido, siguieron con lo suyo.
El gordo estaba dibujando con un bolígrafo negro sobre una servilleta de papel y enseguida Loayza se dio cuenta de que el trato, el vínculo con el otro era diferente del suyo:
– ¿Lo ves? -decía el Profesor-. Serán tres metros y medio, cuatro metros de altura.
– Como el travesaño del arco.
– Más. Más que el aro de básquet también. Saltando no llegás. Hay que ir con la camioneta y una escalera. Te arrimás al cordón, ponés la escalera en la caja, te subís y desde ahí las sacás, fácil.
– ¿No están atadas?
– ¿Las banderas?
– Sí.
– No. Apoyadas no más. Calzadas con un palo a un soporte de fierro con cuatro aritos así.
– Ah, tienen palo. A ver, dibujámelas de nuevo.
– No jodás, nene. Las estuve mirando ayer toda la tarde, me quedé acalambrado de mirar para arriba. Están nuevitas. Además, sólo las vas a tener que sacar, nada más, mientras el petiso te tiene la escalera. Yo manejo, el petiso te tiene la escalera y vos las vas sacando: chac, chac, chac…
– ¿Qué petiso? ¿Él?
Loayza sintió el dedo que lo señalaba.
– Él no es.
– Pero es petiso.
– No es el petiso que te digo. Es un medio sobrino de mi primera mujer, el que labura en la Municipalidad, en la Dirección de Eventos y Ceremonial.
– No.
– No ¿qué?
– No lo llevés a ése, gordo. Lo conozco a ese sobrino tuyo, Felipe. Es un peligro, nos va a cagar.
– Medio sobrino de mi ex mujer, nene. Pero la camioneta la consigue él, Felipe. Y los mamelucos: si llega a pasar la cana, somos empleados municipales laburando.
– ¿A las cinco de la mañana?
