
– También: las dos nos vamos a llevar.
El gordo miró complacido a Loayza:
– Nada se pierde -dijo.
– …todo se transforma -completó el flaco, cruzándose.
– ¿Qué tiene que ver? -se encrespó el Profesor.
– ¿No es así?
– En este caso se refiere a otra cosa: el aprovechamiento integral del esfuerzo. Íbamos a bajar sólo las argentinas, pero acá, el amigo…"
– ¿Él viene?
– No, él recibe.
Loayza asintió.
– Las bajás todas vos, las argentinas y las otras -completó el gordo.
– ¿Y cuántas son?
– Cuatro por esquina: dos y dos. Y en cada esquina hay cuatro esquinas…
– ¿Cómo?
– Vos me entendés. En cada cruce de calle hay cuatro esquinas. Cuatro por cuatro, dieciséis banderas por cruce. ¿Y cuántas cuadras hay desde Puente Pacífico hasta la Plaza San Martín?
– Un montón.
– Tenés la guía de calles ahí.
– ¿La tenía que traer?
El Profesor suspiró y se empinó el vaso de agua de Loayza, buscó su complicidad con la mirada:
– ¿Qué te pasa, nene? -dijo después, volviéndose al flaco.
– Nada -dijo el otro-. Voy a pedir una guía al mostrador -y se levantó con ruido de silla.
Desplegado, era altísimo. Y rengueaba apenas.
– Este pendejo viene nada más que porque es bien alto… -explicó el Profesor cuando quedaron solos con Loayza-. Pero todos los jugadores de básquet son medio nabos, medio pelotudos. No les llega rápido la sangre al bocho, las órdenes al cerebro, ¿entiende?
Loayza dijo que sí con la cabeza.
– ¿Juega ahora? -quiso saber.
– Ahora no, está jodido de un tobillo pero jugaba, sí. No era malo.
– ¿No es muy…? -Loayza no encontraba la palabra pero hizo un gesto de estar ante algo grande: el mar, una catedral.
– ¿Muy visible? -propuso el gordo-. Y… sí. Pero necesitamos uno alto, bien alto, porque si no, no llegamos a las banderitas de arriba de todo.
– Claro.
