
El Profesor le acercó su cara ancha, sincera:
– Tenemos que hablar de lo suyo. ¿Está cerrado eso?
– Traje la camiseta del equipo -Loayza la sacó del bolso y la puso sobre la mesa.
– Amarillo, blanco y verde. Tiene mucho verde -objetó el Profesor.
– Compran igual.
– ¿Los de Defensa y Justicia comprarían banderas amarillas y blancas?
– Compran todo. Amarilla y blanca. Lo que les lleve -y Loayza fue consciente de cómo sonaban sus elles.
– Qué bueno. ¿Cómo se llama el contacto con la hinchada?
– Medina -improvisó Loayza-. Ehh… Carlos Medina.
– ¿Le dijo las medidas?
– Cincuenta por treinta y cinco, le dije.
– Eso. ¿No son chicas para la cancha?
– Dicen que no.
– Bueno.
El Profesor pareció vacilar, sin embargo.
– Podría haber otra posibilidad -dijo-. Pero ahora guarde eso.
La guardó. El flaco volvía con la guía de calles de Buenos Aires:
– Acá está -y la tiró sobre la mesa-. Pedí otra vuelta de cafés.
Ahora el que se levantó fue Loayza:
– Tengo que hacer una llamada, ya vengo -dijo.
– Vaya, amigo.
El teléfono público estaba en el extremo del mostrador, junto a un viejo afiche de la campaña de Menem cagado por las moscas: Síganme, no los voy a defraudar.
Loayza usó la única moneda que tenía para llamar al número que le habían dado en caso de emergencia. Preguntó por Medina.
– ¿Quién le habla?
– Loayza. O no, mejor dígale el Peruca, él sabe.
El otro tardó en atenderlo:
– Te dije que no llamaras acá.
– Quería estar seguro. Le interesó lo de Defensa y Justicia, entró.
– Te dije. Sirve para la confianza.
– Eso, seguro.
Hablaron menos de un minuto, confirmaron el lugar, las circunstancias:
– Tenés suerte: la vamos a hacer más simple -le aseguró el otro.
– Pero yo qué tengo que hacer.
– Nada.
Y le cortó.
