
Cuando Loayza volvió a la mesa la conversación no había avanzado demasiado. Ahora estaban inclinados sobre la guía abierta, miraban el plano de la ciudad:
– ¿Cuál es la Plaza San Martín? -preguntaba el flaco.
– Ésta, la que está frente a Retiro -señalaba el Profesor-. No la de la Torre de los Ingleses, la otra, donde termina Florida. ¿Cuántas cuadras hay hasta Callao?
– Diez cuadras.
– Más: mirá. Esmeralda, Suipacha, la Nueve de Julio, que no se cuenta.
– Se cuenta por dos.
– No se cuenta. No ponen banderas ahí.
– ¿Y si pusieron en los postes de luz?
– No pusieron. Pero hay en las calles de los costados: Pellegrini y la otra.
– Cerrito.
– Eso. Como no tienen vereda de enfrente, entre las dos hacen una. ¿Cuántas vamos?
– Tres. Sigo: Libertad, cuatro; Talcahuano, cinco; Uruguay, seis; Montevideo siete.
– Te salteaste Paraná.
– Paraná, siete; Montevideo, ocho; Rodríguez Peña, nueve y Callao, diez.
– Tenía razón yo.
– Dieciséis por diez: ciento sesenta.
– Son muchas.
– Ahora hay que calcular de Callao hasta la Juan B. Justo, que es otra cuenta.
– Por qué.
– Porque ahí no ponen cuatro por esquina, ponen dos: una de cada. Ocho por esquina. La mitad.
– Qué miserables -dijo el flaco.
El Profesor se quedó mirándolo en silencio. El otro parpadeó.
– ¿Qué pasa?
– Nada.
El Profesor se volvió a Loayza, con la guía:
– Hágame el favor, calcúleme hasta Puente Pacífico, en Palermo. ¿Conoce?
Loayza dijo que sí y fue contando mientras los otros dos seguían en lo suyo.
Al final la cuenta le dio treinta y cinco cuadras más.
– Con Plaza Italia, que le ponen banderitas por todos lados, calculemos cuarenta: cuatro por ocho treinta y dos; trescientos veinte, digamos trescientas banderas más. Con ciento sesenta que teníamos, estamos en las cuatrocientas sesenta.
