– Son muchas -dijo el flaco.

– Ponele que hay algunas cachuzas, rotas, sacale un diez por ciento, un poquito más. Te quedan cuatrocientas. Doscientas del Vaticano y…

– ¿De qué color son las del Papa?

– Blanco y amarillo.

– Son unos colores de mierda. ¿A quién se las van a vender? ¿A los que fabrican cotillón de primera comunión?

El dedo del Profesor apuntó otra vez:

– Él ya las colocó.

– Ya está -dijo Loayza con seguridad.

El flaco lo miró con admiración. El Profesor retomó:

– Y doscientas argentinas para la licitación.

– No entiendo eso.

– Es fácil: Bertucci, un amigo del sobrino de mi ex, labura con otro tipo, un ruso creo, que se presenta a todas las licitaciones, en cualquier lado que sea. Y hay una por doscientas banderas argentinas medianas.

– ¿Y cómo es la licitación?

– ¿Cómo cómo es?

– Claro: qué se hace. No tengo idea de qué…

El Profesor parecía tener una reserva infinita de paciencia:

– Es así: cuando en una empresa del Estado (aunque ahora no tanto, viste)… Cuando en cualquier institución tenés que hacer una compra grande no podés agarrar la guita y comprarle a cualquiera, al que a vos se te cante. Tenés que poner un aviso en los diarios. Suponete: Segba necesita doscientos mil enchufes…

– No existe más…

– Está bien: Segba no, Edesur necesita doscientos mil enchufes. Va y pone el aviso. El que le propone el precio más barato o está mejor acomodado les vende los enchufitos… Hay tipos que viven de eso. Se levantan temprano, compran el diario, lo repasan bien, se leen todos los avisos. Ahí está.

– ¿Y qué saben lo que va a salir? ¿Tienen que fabricar de apuro?

– No, gil. Le compran a otro. En este caso, el sindicato de ascensoristas necesita doscientas cincuenta banderas argentinas para las filiales de todo el país.

– ¿Qué son las filiales?

– Las distintas sedes, en cada provincia. Hay una central en Buenos Aires y una filial en Córdoba, otra en Neuquén, otra en Catamarca…



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