
A su tía Molly le encantarían aquellas cosas, pensó, haciendo una mueca al ver un horrible candelabro de plástico, las plantas de plástico y las copias baratas de mesas y sillas Luís XIV. Era tan horrible que resultaba hasta brillante.
Luego abrió la puerta de un cuarto de baño y descubrió a la reina Victoria mirándolo desde un enorme retrato. Hamish soltó una carcajada. Un hombre no podía hacer lo que tenía que hacer bajo esa mirada. Tendría que encontrar otro cuarto de baño o quizá ir al pub.
Más exploración.
Encontró otro baño, éste con un candelabro tan grande que casi se salía por la puerta. El retrato que había allí era de Enrique VIII. Muy bien. Podía soportar a Enrique.
Había cinco habitaciones vacías y eligió una que tenía una enorme cama con dosel y una vista del mar que te dejaba sin aliento.
Decidió entonces que alojarse allí no sería tan horrible.
Susie seguía trabajando en el jardín y se quedó mirándola un momento… no, alojarse allí no iba a ser tan fácil.
¿Qué había dicho? Que se había enamorado del castillo, de sus gusanos del jardín…
Y había llorado.
Y, por el temblor de sus hombros, parecía seguir llorando.
A él no le gustaban las lágrimas.
La sonrisa que tenía en sus labios desde que vio el retrato de la reina Victoria desapareció entonces, de repente. Hamish se dispuso a sacar sus cosas de la maleta y colocarlas en el armario. Las camisas bien colgadas, los zapatos alineados.
Marcia decía que era un maniático del orden. Y Marcia tenía razón.
Casi involuntariamente se acercó de nuevo a la ventana. Susie estaba cavando con ferocidad. La vio entonces parar y pasarse el antebrazo por los ojos.
