
Una voz le contestó al teléfono, pero él no pudo articular palabra. El dolor era tan terrible que no logró emitir más que un silbido.
– No le oigo -le advirtió una voz de mujer.
Höglin volvió a intentarlo, pero apenas consiguió decir algo más que la primera vez. Estaba muriéndose.
– ¿Podría hablar más alto? -insistió la mujer-. No entiendo lo que me dice.
Con un esfuerzo sobrehumano, logró pronunciar unas palabras.
– Me muero -declaró con voz bronca-. Dios mío, me muero. Ayúdenme.
– ¿Dónde se encuentra?
Pero la mujer no obtuvo ya más respuestas. Karsten Höglin iba camino de las tinieblas. En un convulso intento por liberarse de aquel terrible dolor, como si estuviera ahogándose e intentase inútilmente alcanzar la superficie, pisó el acelerador. El coche salió disparado e invadió el carril contrario. El pequeño camión cargado de muebles de oficina que iba camino de Hudiksvall no consiguió frenar a tiempo y se produjo el choque. El conductor salió del camión para ver cómo estaba el hombre del turismo con el que había colisionado. Lo halló inclinado sobre el volante.
– ¿Se encuentra bien? -preguntó el hombre.
– El pueblo -susurró Karsten Höglin-. Hesjövallen.
Y eso fue cuanto dijo. Cuando la policía y la ambulancia acudieron al lugar, Karsten Höglin ya había fallecido por un infarto masivo.
Al principio no se sabía con exactitud lo que había sucedido y, desde luego, nadie podía imaginarse lo que constituyó la verdadera causa del repentino ataque sufrido por el hombre que conducía aquel Volvo de color azul oscuro. Después, cuando ya se habían llevado el cadáver de Karsten Höglin y la grúa transportaba el camión con los muebles de oficina, que era el vehículo más dañado, uno de los policías se tomó la molestia de escuchar lo que el conductor bosnio intentaba comunicarles. El policía se llamaba Erik Huddén y no le gustaba lo más mínimo entablar conversación sin necesidad con personas que no hablaban bien el sueco. Parecía que sus testimonios perdiesen importancia, puesto que su capacidad de expresión era insuficiente. Claro que empezó por hacerle la prueba del alcohol, por si acaso, pero el conductor estaba sobrio, el indicador dio verde y su permiso de conducir parecía en orden.
