Golpeó con tanta fuerza como pudo el cristal de la ventana. Ninguna reacción. Sacó el móvil y empezó a marcar el número de emergencias. Había tan poca cobertura que no pudo comunicarse con ellos. Corrió hacia la tercera casa y golpeó la puerta, pero tampoco allí le abrió nadie. Empezaba a preguntarse si aquel paraje no estaría transformándose en una pesadilla. Junto a la puerta había un limpiabarros. Lo introdujo entre la cerradura y la puerta y forzó la puerta hasta abrirla. Su única idea era encontrar un teléfono. Entró precipitadamente cuando, de pronto, cayó en la cuenta de que también allí hallaría el mismo espectáculo: una persona, una anciana, yacía muerta en el suelo de la cocina. Tenía la cabeza casi desprendida del cuerpo y, a su lado, se veía el cadáver de un perro partido en dos.

Karsten Höglin lanzó un grito y se dio la vuelta, dispuesto a salir cuanto antes de aquella casa. Desde el vestíbulo vio a un hombre tumbado en el suelo de la sala de estar, entre la mesa y un sofá rojo cubierto de una funda blanca. El anciano estaba desnudo y tenía toda la espalda llena de sangre.

Karsten Höglin salió de la casa a toda velocidad. Sólo deseaba alejarse de allí. Mientras corría se le cayó la cámara, pero no se molestó en detenerse a recuperarla. Empezó a sentir el temor creciente de que un ser al que no podía ver le daría un hachazo en la espalda en cualquier momento. Ya en el coche, se marchó de allí.

No se detuvo hasta que llegó a la carretera principal, donde, con las manos temblorosas, volvió a marcar el número de emergencias. En el preciso momento en que se llevó el auricular a la oreja sintió un intenso dolor en el pecho. Era como si alguien le hubiese dado alcance, pese a todo, y le estuviese clavando un cuchillo.



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