– Intentaba decirme algo -aseguraba el conductor.

– ¿Cómo? -preguntó Erik Huddén reacio.

– Sí, decía algo sobre Herö. ¿Un lugar, quizá?

Erik Huddén, que era de la zona, negó impaciente con la cabeza.

– Por aquí no hay nada que se llame Herö.

– Tal vez no lo oí bien… Creo que era algo con ese, como Hersjö, tal vez.

– ¿Hesjövallen?

El conductor asintió.

– Sí, eso mismo.

– ¿Y qué quería decir?

– No lo sé. Murió.

Erik Huddén se guardó el bloc de notas. No había anotado lo que le dijo el conductor. Media hora después, cuando se marcharon las grúas con los vehículos accidentados y otro coche de policía recogió al conductor bosnio para seguir interrogándolo en la comisaría, Erik Huddén se sentó en el coche con la intención de volver a Hudiksvall. Lo acompañaba su colega Leif Ytterström, que era quien conducía.

– Vamos a pasar por Hesjövallen -le dijo de pronto Erik.

– ¿Por qué? ¿Algún aviso?

– No, sólo quiero comprobar una cosa.

Erik Huddén era el mayor de los dos. Tenía fama de retraído y tozudo. Leif Ytterström giró para tomar la carretera hacia Sörforsa. Cuando llegaron a Hesjövallen, Erik Huddén le pidió que cruzara el pueblo despacio. Aún no le había explicado al colega por qué habían dado aquel rodeo.

– Parece desierto -comentó Leif Ytterström mientras dejaban atrás casa tras casa.

– Vuelve en la otra dirección, igual de despacio.

Al cabo de un momento, le dijo a Leif Ytterström que se detuviese. Algo había llamado su atención. En efecto, divisó algo entre la nieve junto a una de las casas. Salió del coche y se acercó. De repente, se detuvo sobresaltado y sacó el arma. Leif Ytterström bajó al instante del coche y lo imitó.



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