– ¿Qué pasa?

Erik Huddén no respondió. Empezó a acercarse con sumo cuidado, hasta que se detuvo y se inclinó, como si le hubiese dado una punzada de dolor en el pecho. Cuando volvió al coche, estaba pálido.

– Allí hay un hombre muerto -explicó-. Está destrozado. Le falta algo.

– ¿Qué quieres decir?

– Le falta una pierna.

Ambos guardaron silencio mirándose fijamente. Después, Erik Huddén se sentó en el coche y pidió por radio que lo pusieran con Vivi Sundberg, pues sabía que hoy estaba de servicio.

– Soy Erik, estoy en Hesjövallen.

Casi podía oírla pensar, pues había infinidad de lugares en la zona cuyos topónimos se parecían muchísimo.

– ¿Al sur de Sörforsa?

– Más bien al oeste. Pero quizá soy yo el que se equivoca.

– ¿Qué ha pasado?

– No lo sé, pero he encontrado en la nieve el cadáver de un hombre al que le falta una pierna.

– Repítelo.

– Un hombre muerto. En la nieve. Parece que lo hayan matado a hachazos. Y le falta una pierna.

Vivi Sundberg y Erik Huddén se conocían bien. Ella sabía que, por increíble que sonase lo que estaba contando, él nunca exageraba.

– Vamos para allá -aseguró Vivi.

– Llama a los técnicos de Gävle.

– ¿Quién está contigo?

– Ytterström.

Vivi reflexionó un instante.

– ¿Se te ocurre alguna explicación lógica de lo que haya podido suceder?

– Jamás en mi vida he visto algo parecido.

Erik sabía que ella lo comprendería. Llevaba tantos años en la policía que ya había visto todo tipo de desgracias y actos violentos.

Treinta y cinco minutos más tarde, oyó las sirenas en la distancia.

Erik Huddén intentó convencer a Leif Ytterström de que lo acompañase a hablar con los vecinos más cercanos, pero éste se negó, no pensaba salir hasta que no viniesen refuerzos. Puesto que Erik Huddén no quería ir a la casa solo, se quedó junto al coche. Ambos aguardaron en silencio.



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