
Vivi Sundberg salió del primer vehículo que llegó al pueblo. Era una mujer de unos cincuenta años, de constitución robusta. Quienes la conocían sabían que, pese a su corpulencia, era capaz de aguantar y resistir bastante. Tan sólo unos meses antes había dado alcance a dos ladrones de unos veinte años. Los dos jóvenes se burlaron de ella cuando la vieron correr, pero doscientos metros después, cuando los detuvo a ambos, ya no se reían tanto.
Vivi Sundberg era pelirroja. Cuatro veces al año acudía a la peluquería de su hija para teñirse.
Había nacido en una granja a las afueras de Harmånger y estuvo cuidando de sus padres hasta que fallecieron. Entonces empezó a estudiar, unos años después solicitó la admisión en la academia de policía y, para su asombro, la admitieron. En realidad, nadie se explicaba cómo la habían aceptado con aquel cuerpo tan inmenso, pero nadie se atrevió a preguntar y ella tampoco dio nunca explicaciones. Cuando alguno de sus colegas, por lo general hombres, hablaba de ponerse a dieta, ella gruñía irritada. Vivi Sundberg era cauta con el azúcar, pero, al mismo tiempo, le gustaba comer. Había estado casada dos veces. La primera, con un obrero industrial de Iggesund con el que había tenido a su hija, Elin. El hombre había fallecido en un accidente laboral. Pocos años después volvió a casarse con un fontanero de Hudiksvall. No llevaban dos meses de matrimonio, cuando el marido se mató en un accidente de coche mientras conducía por la carretera helada entre Delsbo y Bjuråker. Después, nunca volvió a casarse. Sin embargo, entre sus colegas circulaba el rumor de que tenía un amigo en alguna de las numerosas islas griegas, adonde viajaba dos veces al año para pasar las vacaciones. En cualquier caso, nadie lo sabía con certeza.
