
Vivi Sundberg era una buena policía. Era persistente y tenía gran capacidad de análisis, incluso de las pistas más insignificantes, que en ocasiones eran las únicas de que disponían en una investigación de asesinato.
Se pasó la mano por el cabello mientras observaba a Erik.
– ¿Dónde es?
Los dos colegas se pusieron en marcha en dirección al lugar donde se encontraba el cadáver. Vivi Sundberg hizo un mohín al tiempo que se acuclillaba.
– ¿Ha llegado el médico?
– La chica está en camino.
– ¿La chica?
– Sí, Hugo tiene una sustituta. Lo van a operar de un tumor.
Vivi Sundberg perdió momentáneamente el interés por el cuerpo ensangrentado que yacía en la nieve.
– ¿Está enfermo?
– Tiene cáncer. ¿No lo sabías?
– No. ¿Cáncer de qué?
– De estómago, pero parece que no se ha extendido. La sustituta es de Uppsala. Se llama Valentina Miir, no sé si lo pronuncio bien.
– ¿Y está en camino?
Erik Huddén le gritó la pregunta a Ytterström, que estaba tomando café junto a uno de los coches. El colega le confirmó que el forense no tardaría en llegar.
Vivi Sundberg empezó a examinar el cuerpo a conciencia. Cada vez que se enfrentaba al cadáver de una persona que había muerto asesinada la asaltaba la misma sensación de absurdo. Ella no podía resucitar a los muertos, tan sólo, y en el mejor de los casos, aclarar los motivos del crimen y enviar al criminal a la cárcel o tras las puertas cerradas a cal y canto de un centro para enfermos mentales.
– Alguien ha estado arrasando aquí con un cuchillo -constató-. Y con un cuchillo bastante grande. O con una bayoneta. Quizás una espada. He contado hasta diez cortes distintos, casi todos mortales, probablemente. Lo que no comprendo es lo de la pierna. ¿Sabemos quién es?
– Aún no. Todas las casas parecen desiertas.
Vivi Sundberg se puso de pie y observó el pueblo con atención. Era como si las casas, recelosas, correspondiesen a sus miradas.
