Siempre creí que el relato de Kweilin que me contaba mi madre no era más que un cuento de hadas chino. Los finales siempre variaban. A veces decía que usó ese billete de mil yuan sin valor para comprar media taza de arroz, que cambió por un cazo de gachas, y éstas por dos pies de cerdo. Esos pies le valieron seis huevos, los cuales se convirtieron en seis pollos. Era una historia en constante crecimiento.

Entonces, una noche, después de haberle suplicado que me comprara una radio de transistores, notó que su negativa me había sumido en un silencio malhumorado y me dijo:

– ¿Por qué crees que echas de menos algo que nunca has tenido? -Y a continuación me contó un final totalmente distinto de la historia-: Una mañana, a primera hora, se presentó en mi casa un oficial del ejército y me dijo que me apresurara a reunirme con mi marido en Chungking. Enseguida comprendí lo que ocurría: me estaba diciendo que huyera de Kweilin. Yo sabía lo que les sucedía a los oficiales y sus familias cuando llegaban los japoneses. Pero, ¿cómo podía irme si no salía ningún tren de Kweilin? Mi amiga de Nanking se portó muy bien conmigo. Sobornó a un hombre para que robara una carretilla utilizada para transportar carbón y me prometió que avisaría a las demás amigas.

»Cuatro días antes de que los japoneses entraran en Kweilin, puse a mis dos bebés y mis cosas en aquella carretilla y marché empujándola hacia Chungking. Por el camino me adelantaron personas que huían, más ligeras que yo, y por ellas tuve noticias de la terrible matanza. Hasta el último día, el Kuomintang insistió en que Kweilin estaba a salvo, protegida por el ejército chino, pero al atardecer de ese mismo día las calles de Kweilin estaban sembradas de hojas de periódico que anunciaban la gran victoria del Kuomintang y sobre esas hojas, como pescado fresco recién despachado, yacían filas de personas, hombres, mujeres y niños que nunca perdieron la esperanza pero, en cambio, habían perdido la vida. Al oír esta noticia avancé más y más rápido, preguntándome a cada paso si habían sido necios o valientes.



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