
»Empujé la carretilla hacia Chungking, hasta que se rompió la rueda. Me vi obligada a abandonar mi hermosa mesa de mah jong, hecha de hong mu, pero mi sensibilidad ya estaba demasiado embotada para llorar. Hice unos cabestrillos con bufandas y me colgué a un bebé de cada hombro. Llevaba una bolsa en cada mano, una con ropa y la otra con comida, y cargué con ellas hasta que me salieron unos surcos profundos en las manos. Finalmente, cuando las manos me empezaron a sangrar y se volvieron demasiado resbaladizas para sujetar nada, prescindí de las bolsas.
»A lo largo del camino me encontré con otras personas que habían hecho lo mismo, abandonando gradualmente la esperanza. Era como un sendero incrustado de tesoros cuyo valor era superior a medida que avanzaba. Rollos de finas telas y libros, pinturas de antepasados y herramientas de carpintero… hasta que veías jaulas con patitos, ahora silenciosos y sedientos y, más tarde, inmóviles, urnas de plata tiradas en el suelo, abandonadas por gentes demasiado fatigadas para seguir acarreándolas, ya sin ninguna esperanza en el futuro. Cuando llegué a Chungking lo había perdido casi todo excepto tres vistosos vestidos de seda, que me puse uno encima del otro.
– ¿Qué quieres decir con eso de que lo perdiste todo? -le pregunté con voz entrecortada-. ¿Qué les ocurrió a los bebés?
Ella ni siquiera hizo una pausa para pensar. En un tono que no permitía dudar de que la historia había terminado, replicó:
– Tu padre no es mi primer marido. Tú no eres uno de aquellos bebés.
***
Cuando llego a casa de los Hsu, donde se celebra esta noche la reunión del club, la primera persona a la que veo es mi padre.
