
– ¡Por fin estás aquí! -exclama- ¡Nunca llegas puntual!
Y tiene razón. Todos los demás ya están presentes, siete amigos de la familia, de sesenta años en adelante. Todos me miran y se ríen. ¡Ah, esta chiquilla siempre se retrasa! Para ellos sigo siendo una niña a los treinta y seis años.
Tiemblo mientras procuro contener mi emoción. La última vez que les vi, en el funeral, rompí a llorar con grandes sollozos sofocados. Ahora debe intrigarles que, con un ánimo como el mío, pueda ocupar el lugar de mi madre. Cierta vez me dijo un amigo que mi madre y yo éramos iguales, hacíamos los mismos gestos tenues con las manos y compartíamos la risa infantil y la mirada de soslayo. Cuando se lo conté a ella, tímidamente, pareció ultrajada y replicó:
– ¡Pero si casi no sabes nada de mí! ¿Cómo podemos ser iguales?
Y tenía razón. ¿Cómo puedo sustituir a mi madre en el club?
Saludo a cada uno de los presentes con una inclinación de cabeza, llamándoles «tía» o «tío», Siempre he llamado así a estos viejos amigos de la familia. Luego me acerco a mi padre y me quedo a su lado.
Está mirando las fotos que hicieron los Jong durante su reciente viaje a China.
– Mira eso -me dice cortésmente, señalando una foto del grupo turístico de los Jong, de pie sobre unos grandes escalones enlosados.
Nada en esa foto revela que ha sido tomada en China y no en San Francisco o en cualquier otro lugar. Pero mi padre tampoco la mira con detenimiento. Es como si todo le diera lo mismo, nada destaca para él. Siempre ha sido educadamente indiferente. Pero, ¿cuál es la palabra china que significa indiferente porque uno es incapaz de ver ninguna diferencia? Creo que así es como se siente con respecto a la muerte de mi madre.
– Echa un vistazo a ésta -me dice, indicando otra fotografía sin nada especial.
La casa de los Hsu está impregnada de olores pesados, grasientos. Demasiadas comidas chinas preparadas en una cocina minúscula, demasiados olores que fueron fragantes comprimidos en una capa delgada de grasa invisible. Recuerdo que cuando mi madre visitaba otras casas o iba a los restaurantes, arrugaba la nariz y luego decía en un susurro muy audible:
