– Puedo ver y sentir la pegajosidad con la nariz.

Han pasado muchos años desde la última vez que estuve en casa de los Hsu, pero la sala de estar es exactamente tal como la recordaba. Cuando tía An-mei y tío George se mudaron al distrito de Sunset desde Chinatown, veinticinco años atrás, compraron muebles nuevos. Están todos ahí, y aún parecen casi nuevos bajo las cubiertas de plástico amarillento: el mismo sofá turquesa cuya forma semicircular contornean ahora mis tíos cubiertos con gruesas chaquetas de tweed, las mesitas auxiliares de estilo colonial y pesada madera de arce, una lámpara de falsa porcelana cuarteada. Sólo el calendario, en forma de rollo de pergamino, regalo del Banco de Cantón, cambia cada año.

Recuerdo estos objetos porque, cuando éramos niños, tía An-mei no nos dejaba tocar sus muebles nuevos excepto a través de las cubiertas de plástico transparente. Las noches en que había reunión del club, mis padres me llevaban a casa de los Hsu. Como yo era la invitada, tenía que cuidar de todos los niños más pequeños. Eran demasiados, y siempre había un bebé que lloraba por haberse golpeado la cabeza contra una pata de la mesa.

Mi madre me decía que yo era responsable, lo cual significaba que me vería en un aprieto si algo si derramaba, quemaba, perdía, rompía o ensuciaba. Yo era la responsable, al margen de quién lo hiciera. Ella y tía An-mei se ponían unos curiosos vestidos chinos con rígidos cuellos alzados y ramas floridas de seda bordada y cosida sobre el pecho. Me parecía que esas ropas eran demasiado vistosas para que las usaran los chinos verdaderos, y demasiado extrañas para las fiestas en Norteamérica. En aquella época, antes de que mi madre me contara su historia de Kweilin, imaginaba que las reuniones del club eran una vergonzosa costumbre china, como las reuniones secretas del Ku Klux Klan o las danzas al son del tamtam de los pieles rojas que se preparaban para la guerra, en las películas de la televisión.



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