Puede decirse mucho sobre un barrio por los coches que hay en él, ¿verdad? En éste hay un poco de todo hoy en día. Desde los bajos y temibles lowriders de Toyota y de Honda con pegatinas de «Témeme» o con un Calvin meón en la ventana trasera, salpicando las alcantarillas de anticongelante (por favor, que alguien me explique por qué los puertorriqueños piensan que los lowriders japoneses son una buena idea en Nueva Inglaterra), hasta flamantes Volvos conducidos por alguna mamá que va a la farmacia, mientras sus trillizos se arrancan mechones de pelo a tirones en la parte trasera.


Yo no tengo coche. Podría permitírmelo, así que no te rías. Ya he pasado la barrera de las legendarias seis cifras gracias a ese pequeño premio literario nacional. Pero cuando era estudiante me acostumbré al transporte público, y me gusta sentir su ajetreo. Además, en mi trabajo conviene salir y estar al tanto de cómo habla la gente en realidad.

Escribo una nueva columna en la sección semanal «Estilo» titulada piadosamente «Mi vida», pero ideada por Chuck Spring como «Mi vida loca», para, tal y como él mismo dijo, «conectar con la gente latina, o lo que sea».

Se supone que mi columna es confesional, el diario de una mujer (latina) con «gancho». ¿Preferiría perderme en un bosque vestida con un mono de camuflaje y vivir como Annie Dillard, observando la vida salvaje de… -¿quién demonios vive en el bosque?, ¿las hormigas?- las hormigas, cuando veo a Chuck Spring pavonearse con una sonrisa estúpida, listo para asistir a otra reunión de su Final Club de Harvard, donde hombres de mandíbula cuadrada beben martinis y arrojan dinero a las strippers? Sí. ¿Necesito este trabajo demasiado como para huir o quejarme? Un doble sí, con una guinda encima. Así que lo aguanto lo mejor que puedo.

No es que no me aprecien en el Gazette. Chuck y los otros editores valoran mi «diversidad», mientras piense como ellos, escriba como ellos y esté de acuerdo en todo.



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