Sí, tengo psicoanalista. No, no me ha ayudado.

Es completamente imposible que un psicoanalista pueda solucionar la crisis de infidelidad crónica de sanción materna de los hombres latinos. No es sólo un estereotipo. Ojalá lo fuera. ¿Sabes lo que me dice mi abuela cubana en Union City cuando le digo que mi novio me engaña? «Bueno, mi vida, tendrás que luchar más por él.» ¿Cómo va a ayudarme con eso un psicoanalista? Tu hombre te engaña, y esas mujeres tradicionales que se supone que son, digámoslo así, tus aliadas, te culpan a ti. «¿Well?, -pregunta la abuelita con voz ronca y un inglés con marcado acento mientras da una calada a un Virginia Slims-. ¿Has aumentado de peso?, ¿te aseguras de tener buen aspecto cuando lo ves o te presentas con esos vaqueros? ¿Cómo llevas el pelo? Espero que no hayas vuelto a cortártelo. ¿Estás gorda otra vez?»

Mi psicoanalista, que no es latina y usa pañuelos elegantes, piensa que el origen de mis problemas está en cosas como «el trastorno mental narcisista y ensimismado» de mi padre, diagnóstico que procede de la forma en que él lo relaciona todo consigo mismo, con Fidel Castro y con Cuba. Ella nunca ha estado en Miami. Si hubiera estado ahí, entendería que todos los cubanos exiliados mayores de cuarenta y cinco hacen lo mismo que papi. Para ellos, no hay país más fascinante ni más importante que Cuba, una isla caribeña con once millones de habitantes. Eso es aproximadamente dos millones menos que la ciudad de Nueva York. Cuba también es la meca a la que los exiliados más viejos todavía piensan volver «cuando caiga ese hijo de puta de Castro». Una ilusión de masas, créeme. Cuando tu familia vive una mentira tan grande, vivir con hombres que mienten es fácil. Cuando le cuento todo esto a mi psicoanalista, ella me sugiere que me haga una «cubadectomía» y siga con mi vida americana. No es mala idea, de verdad. Pero igual que los hijos de la mayoría de los exiliados cubanos que conozco, no sé cómo hacerlo. Cuba es el tumor supurante que hemos heredado de nuestros padres.



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