
El coche se antojó un poco pequeño con Bubba en el asiento del copiloto. Cuando salimos de mi propiedad, atravesando el bosque hasta la carretera del distrito, anoté mentalmente que debía llamar a la empresa de asfaltado para que echaran un poco más de grava por el largo y tortuoso camino que conducía a mi casa. Después, cancelé el aviso, también mentalmente. Ahora mismo no me lo podía permitir. Tendría que esperar hasta la primavera. O el verano.
Giramos a la derecha para recorrer los pocos kilómetros que había hasta el Merlotte's, el bar en el que trabajo como camarera cuando no estoy haciendo un montón de cosas secretas para los vampiros. Cuando estábamos a medio camino, caí en que no había visto ningún coche por allí en el que Bubba hubiera podido llegar hasta mi casa. ¿Habría venido volando? Algunos vampiros podían hacerlo. Si bien Bubba era el vampiro con menos talento que había conocido, quizá se le diera bien.
Un año atrás se lo habría preguntado, pero ahora no. Ahora estoy acostumbrada a codearme con los no muertos. Y no porque sea una vampira. Soy telépata. Mi vida era un auténtico infierno hasta que conocí a un hombre al que era incapaz de leer la mente. Por desgracia, no podía hacerlo porque estaba muerto. Pero Bill y yo ya llevábamos varios meses juntos y, hasta hacía poco, nuestra relación había ido francamente bien. Y los demás vampiros me necesitan, así que estoy a salvo…, hasta cierto punto. En la mayoría de casos. A veces.
El Merlotte's no parecía muy concurrido a juzgar por el aparcamiento medio vacío. Sam había comprado el bar hacía cinco años. El negocio había estado perdiendo dinero hasta entonces, quizá por encontrarse aislado en medio del bosque que rodeaba todo el aparcamiento. O puede que porque el anterior propietario no hubiese encontrado la combinación adecuada de bebidas, comida y servicio.
