
Al cabo de un instante de indecisión, Sam asintió, resignado a lo inevitable.
– Vale, Bubba, ayúdame a meter a este tipo en su coche.
Fui a buscar una fregona mientras los hombres…, bueno, el vampiro y el cambiante, se llevaban al motero por la puerta trasera. Cuando Sam y Bubba regresaron, trayendo consigo un soplo del aire frío del exterior, yo había fregado el pasillo y el aseo de caballeros (que es lo que habría hecho si de verdad se hubiese producido una fuga). Pulvericé con ambientador la zona para mejorar la atmósfera.
Hicimos bien en actuar con rapidez, porque Kevin volvió a abrir la puerta tan pronto como la desbloqueé.
– ¿Todo va bien por aquí? -preguntó. A Kevin le gusta correr, por lo que casi no tiene grasa corporal, y tampoco es muy grande. Tiene aspecto como de borrego, y sigue viviendo con su madre. Pero, a pesar de todo, no tiene ni un pelo de tonto. En el pasado, cuando leía sus pensamientos, éstos siempre estaban puestos en el trabajo policial o en Kenya Jones, la amazona negra que tenía por compañera. En ese momento sus pensamientos estaban llenos de suspicacias.
– Creo que lo hemos arreglado -dijo Sam-. Ten cuidado donde pisas, acabamos de fregar. ¡No vayas a escurrirte y a demandarme! -le sonrió a Kevin.
– ¿Hay alguien en tu despacho? -preguntó Kevin, moviendo la cabeza hacia la puerta cerrada.
– Uno de los amigos de Sookie -dijo Sam.
– Será mejor que vaya a servir algunas bebidas -dije alegremente, mirándolos a los dos. Comprobé que tenía la coleta bien puesta y puse en movimiento mis Reebok. El bar estaba casi vacío, y la mujer a la que iba a relevar (Charlsie Tooten) pareció aliviada.
– Qué muerto está esto -me susurró-. Los chicos de la seis llevan con la misma jarra desde hace una hora, y Jane Bodehouse ha tratado de ligar con todos los hombres que han entrado. Y Kevin ha estado escribiendo algo en una libreta toda la noche.
