
Miré a la única clienta femenina del bar, tratando de ocultar la aversión que me producía. Todos los establecimientos de hostelería tienen su porción de clientes alcohólicos, gente que siempre está cuando el lugar abre y cierra. Jane Bodehouse era una de las que nos tocaban a nosotros. Normalmente, Jane bebía en su casa a solas, pero cada dos semanas, más o menos, se le metía en la cabeza pasarse por aquí y ligarse a un hombre. El proceso de ligue se volvía cada vez más incierto, pues no sólo era que Jane rondara la cincuentena, sino que la falta de horas de sueño y dieta adecuada se habían cobrado un precio durante los últimos diez años.
Esa noche en particular me di cuenta de que cuando Jane se maquilló no había atinado con los perímetros de sus cejas y labios. El resultado era de lo más perturbador. Tendríamos que llamar a su hijo para que se pasase a recogerla. Bastaba con mirarla para saber que no estaba en condiciones para conducir.
Asentí a Charlsie y saludé con la mano a Arlene, la otra camarera, que estaba sentada en una mesa con su último novio, Buck Foley. La noche estaba definitivamente muerta si Arlene estaba sentada. Me devolvió el saludo, meneando sus rizos rojos.
– ¿Cómo están los críos? -le pregunté, mirando en derredor para quitar algunos de los vasos que Charlsie había sacado del lavavajillas. Sentía que actuaba con toda normalidad, hasta que me di cuenta de que las manos me temblaban violentamente.
– Genial. Coby ha sacado todo sobresalientes y Lisa ganó el concurso de deletreo -contestó con una amplia sonrisa. A cualquiera que pensara que una mujer casada cuatro veces no podía ser una madre le remitiría a Arlene. También le dediqué a Buck una rápida sonrisa, en honor a Arlene. Buck es el típico tío con el que Arlene suele salir, lo cual viene a significar que no es lo suficientemente bueno para ella.
– ¡Qué bien! Esos niños son tan listos como su madre-dije.
