
– Oye, ¿te encontró ese tipo?
– ¿Qué tipo? -creo que ya sabía a quién se refería.
– El tío que iba vestido como un motero. Me preguntó si yo era la camarera que salía con Bill Compton porque tenía que entregarle algo.
– ¿No conocía mi nombre?
– No, y es muy raro, ¿no crees? Oh, Dios mío, Sookie, si no conocía tu nombre, ¿cómo iba a venir de parte de Bill?
Probablemente Coby había heredado la inteligencia de su padre, porque a Arlene le había llevado todo ese tiempo deducir algo tan obvio. Adoraba a Arlene por su forma de ser, no por su cerebro.
– Entonces ¿qué le dijiste? -le pregunté, con la vista clavada en ella. Lucía mi sonrisa nerviosa, no la natural. No siempre sé cuándo la llevo puesta.
– Le dije que me gustaban los hombres calientes y que respiraran -dijo, y se rió. A veces, Arlene también carecía de todo atisbo de tacto. Me propuse evaluar por qué era tan amiga mía-. No, en realidad no le dije eso. Sólo le dije que eras la rubia que entraría a las nueve.
Gracias, Arlene. Así que mi atacante sabía quién era porque mi mejor amiga me había identificado; no conocía mi nombre ni dónde vivía; sólo que trabajaba en el Merlotte's y que salía con Bill Compton. Eso me tranquilizaba, aunque no demasiado.
Pasaron tres horas. Sam salió, me susurró que le había dado a Bubba una revista para entretenerse y una botella de Life Support, y se puso detrás de la barra.
– ¿Cómo es que ese tipo conducía un coche en vez de una moto? -murmuró Sam-. ¿Cómo es que el coche lleva una matrícula de Misisipi? -bajó el tono cuando Kevin se acercó para asegurarse de que llamaríamos a Marvin, el hijo de Jane. Sam llamó mientras Kevin se quedaba ahí de pie esperando que el hijo le prometiera estar en el Merlotte's en veinte minutos. Luego se alejó, con su libreta bajo el brazo. Me preguntaba si a Kevin le había dado por la poesía o estaba escribiendo su currículo.
Los cuatro hombres que habían estado ignorando a Jane mientras se tomaban su bebida a paso de tortuga apuraron sus respectivas jarras de cerveza y se marcharon, dejando cada uno de ellos un dólar de propina sobre la mesa. No escatimaban en gastos. Nunca conseguiría reponer la grava del camino de casa con clientes como ésos.
