
– ¿Qué hay? -le dije a modo de saludo. Le sonreí. Estaba muy tensa.
– ¿Dónde está Bubba? -preguntó con su voz precisa. Me miró por encima del hombro-. Eric se va a cabrear si Bubba no ha llegado aquí.
Por primera vez me di cuenta de que Pam tenía un ligero acento, aunque no fui capaz de identificarlo. Quizá tan sólo fueran las inflexiones del inglés antiguo.
– Bubba está en la parte de atrás, en el despacho de Sam -le informé, centrándome en su cara. Tenía ganas de que cayera el hachazo de una vez. Sam se acercó y se puso a mi lado. Les presenté. Pam le propinó un saludo mucho más significativo del que le hubiera dado a un mero humano (cuya presencia probablemente ni siquiera habría hecho por reconocer), pues Sam era un cambiante. Desde luego que esperaba ver una chispa de interés, puesto que Pam es omnívora en lo que al sexo se refiere, y Sam es un ser sobrenatural de lo más atractivo. Si bien los vampiros no son conocidos precisamente por su expresividad facial, decidí que Pam estaba definitivamente descontenta.
– ¿Qué pasa? -pregunté, al cabo de un momento de silencio.
Pam se encontró con mi mirada. Ambas somos rubias de ojos azules, pero eso es como decir de dos perros que ambos son animales. Ahí terminaban las similitudes. El pelo de Pam era liso y pálido, y sus ojos eran muy, muy oscuros. Ahora estaban inundados de preocupación. Le dedicó a Sam una mirada significativa. Sin decir nada, él fue a ayudar al hijo de Jane, un treintañero de aspecto consumido, para meterla en el coche.
– Bill ha desaparecido -dijo Pam sin rodeos.
– No. Está en Seattle -dije, voluntariamente obtusa. Había aprendido ese término en mi calendario de la palabra del día esa misma mañana, y ahí estaba yo, usándola.
– Te mintió.
Asimilé eso mientras hacía un gesto de «venga ya» con la mano.
– Ha estado en Misisipi todo este tiempo. Fue en coche hasta Jackson.
Clavé la mirada en la barra de madera revestida en poliuretano. En cierto modo me había imaginado que Bill me había mentido, pero escuchar que te lo digan en voz alta, así, de golpe, dolía como ninguna otra cosa. Me había mentido y había desaparecido.
