Pero después de dudarlo durante apenas un segundo, arranqué y me puse en marcha. Podría ayudarle Bubba, y Pam… Ella, la que lo sabía todo mientras yo no sabía nada.

Estaba segura de haber visto un rostro pálido en el bosque cuando llegué a casa. Me sentí tentada de llamar a mi vigilante vampiro e invitarlo a, por lo menos, sentarse en el sofá durante la noche. Pero luego pensé que no. Prefería estar sola. Nada de eso tenía que ver conmigo. No tenía por qué hacer nada. Podía permanecer pasiva, ignorante a pesar de mí misma.

Me sentía todo lo herida y enfadada que era posible, O al menos eso era lo que pensaba. Las subsiguientes revelaciones me demostrarían lo equivocada que estaba.

Irrumpí en mi casa y cerré la puerta con llave. Ningún cerrojo impediría entrar a un vampiro, por supuesto, pero la falta de una invitación expresa, sí. Ellos, a su vez también disponían de modos con los que mantener a raya a los humanos, al menos antes del amanecer.

Me puse mi vieja bata de noche, de manga larga y nailon azul, y me senté a la mesa de la cocina, con la mirada perdida en mis manos. Me preguntaba dónde estaría Bill en ese momento. Caminaría aún por el mundo o se habría visto reducido a un montón de cenizas en alguna hoguera. Pensé en su pelo, castaño oscuro, en su denso tacto entre mis dedos. Pensé en el secretismo de su planeado regreso. Al cabo de lo que debieron de ser uno o dos minutos, miré el reloj que había sobre los fogones. Llevaba más de una hora sentada, mirando al vacío.

Debía meterme en la cama. Era tarde, hacía frío y lo normal era dormir. Pero nada en mi futuro volvería a ser normal. ¡Oh, un momento! Si Bill estuviese muerto, mi futuro sí que sería normal.

Sin Bill, fuera vampiros: fuera Eric, fuera Pam, fuera Bubba.

Fuera criaturas sobrenaturales: fuera licántropos, cambiantes o ménades. No habría conocido a ninguno de ellos de no ser por mi relación con Bill. Si él no hubiera entrado en el Merlotte's, yo me limitaría a servir mesas y escuchar sin desearlo los pensamientos de quienes me rodeaban: la avaricia de poca monta, la lujuria, la desilusión, las esperanzas y las fantasías. Sookie la loca, la telépata local de Bon Temps, Luisiana.



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