
Había sido virgen hasta que conocí a Bill. Y, ahora, creo que sólo me acostaría con J.B. du Rone, que era tan encantador que una casi se podía olvidar de que era más tonto que hecho aposta. Tenía tan pocos pensamientos que su compañía apenas me resultaba incómoda. Incluso podía tocar a J.B. sin recibir imágenes desagradables. Pero Bill… En ese momento me di cuenta de que tenía la mano derecha cerrada en un puño, y golpeé la mesa con tal fuerza que me hice un daño del demonio.
Bill me dijo que si algo le pasaba tenía que acudir a Eric. No estaba segura de si eso implicaba que Eric se aseguraría de que recibiría alguna herencia económica de su parte, que me protegería de otros vampiros o que pasaría a pertenecerle…, vamos, a tener la misma relación con Eric que tenía con Bill. Ya le había dicho a Bill que no pensaba dejar que me fueran pasando de uno a otro como un postre navideño.
Pero Eric ya había acudido a mí, por lo que no había tenido la oportunidad de decidir si quería seguir el último consejo de Bill o no.
Mis pensamientos empezaron a divagar. De todas formas, nunca habían estado muy organizados.
«Oh, Bill, ¿dónde estás?» Enterré la cara en mis manos.
La cabeza me palpitaba de agotamiento, e incluso mi acogedora cocina se antojaba helada a esas horas de la madrugada. Me levanté para dirigirme a la cama, aunque sabía que no podría dormir. Necesitaba a Bill con una intensidad tan visceral que llegué a plantearme si no sería algo anormal, si no habría sido objeto de una seducción sobrenatural.
Si bien mi habilidad telepática me inmunizaba de la seducción de los vampiros, puede que fuese vulnerable a otro tipo de poder.
