
Supe que no me habían abandonado.
Me encontré de pie en el umbral de la cocina. Apagué la luz.
Una vez metida en la cama, a oscuras, empecé a llorar y no pude parar durante mucho, mucho rato. No era una noche para acordarme de todas las cosas buenas que debía agradecer. Era una noche donde cada una de las pérdidas que había sufrido me atenazaban sin contemplaciones. Me pareció que había tenido más mala suerte que el común de los mortales. Aunque traté de no caer en una cascada de autocompasión, no tuve demasiado éxito. Todo estaba íntimamente ligado con el desamparo de no saber qué había sido de Bill.
Quería que él se pegara a mi espalda; quería sus fríos labios en mi cuello. Quería sus manos blancas recorriendo mi estómago. Quería hablar con él. Quería que desterrara mis terribles sospechas a golpe de carcajada. Quería contarle mi día; el estúpido problema que había tenido con la compañía del gas, y los pocos canales que el proveedor de televisión por cable me había añadido. Quería recordarle que necesitaba una nueva lavadora, hacerle saber que mi hermano Jason había descubierto que, después de todo, no iba a ser padre (lo cual estaba bien, porque tampoco era marido).
Lo más dulce de estar en pareja es compartir tu vida con alguien.
Pero mi vida, evidentemente, no había sido lo suficientemente buena para ser compartida.
