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Cuando amaneció, había podido dormir un total de media hora. Me dispuse a levantarme y hacer café, pero no parecía existir ningún motivo para ello. Así que me quedé en la cama. El teléfono sonó durante la mañana, pero no lo cogí. Llamaron a la puerta, pero no la abrí.

En cierto momento, hacia media tarde, recordé que tenía una cosa que hacer, la tarea que Bill había insistido tanto que hiciera si él se retrasaba. Y esta situación encajaba perfectamente dentro de lo que me había dicho.

Ahora duermo en el dormitorio más grande, que antes era el de mi abuela. Me tambaleé por el pasillo en dirección a mi antigua habitación. Un par de meses atrás, Bill había sacado el suelo de mi viejo armario y lo había convertido en una trampilla. Se había preparado un rinconcito a prueba de sol en el espacio hueco debajo de la casa. Había hecho un gran trabajo.

Me aseguré de que nadie me pudiera ver desde la ventana antes de abrir la puerta del armario. Sobre el suelo de éste no había nada a excepción de una alfombrilla, hecha con lo que había sobrado de enmoquetar el suelo del dormitorio. La aparté y hundí una navaja de bolsillo en la rendija del suelo para levantar la tapa. Miré la caja negra que había dentro. Estaba llena de cosas: el ordenador de Bill, una caja atestada de discos, su monitor y una impresora.

Así que Bill había previsto que esto pudiera ocurrir y había ocultado todo su trabajo antes de irse. Había tenido fe en mí a pesar de lo escéptico que pudiera ser. Asentí con la cabeza y volví a desenrollar la alfombrilla haciendo que encajara perfectamente en las esquinas. Sobre el suelo del armario puse cosas de fuera de temporada, como cajas de zapatos de verano, una bolsa de playa llena de toallas de baño, uno de mis muchos tubos de loción bronceadora y la hamaca plegable que usaba para tomar el sol. Coloqué una gran sombrilla en la esquina y decidí que el armario tenía un aspecto lo suficientemente realista. Mis vestidos de verano colgaban de las perchas, junto con algunas batas de baño muy ligeras y algunos camisones. Mi subidón de energía se desvaneció cuando me di cuenta de que estaba realizando el último favor que Bill me había pedido y que no tenía forma de decirle que había cumplido con sus deseos.



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