Una mitad de mí (patéticamente) quería hacerle saber que había mantenido la fe; la otra quería entrar en el cobertizo de las herramientas y ponerse a afilar estacas.

El conflicto era demasiado pronunciado para mantener un curso de acción coherente, así que me volví a arrastrar hasta la cama y en ella me apalanqué. Abandonando una vida que había dedicado a sacar lo mejor de las cosas, ser fuerte, alegre y práctica, volví a revolearme en mi pena y en un abrumador sentimiento de traición.

Cuando me desperté, había vuelto a anochecer y Bill estaba en la cama conmigo. ¡Oh, gracias a Dios! El alivio me recorrió de arriba abajo. Ahora todo iría bien. Sentí su frío cuerpo detrás de mí y me volví, medio dormida, para rodearlo con los brazos. Me aflojó el camisón largo y me acarició la pierna con una mano. Puse la cabeza sobre su pecho silencioso y hundí la cara en él. Sus brazos me rodearon con más fuerza y yo lancé un suspiro de alegría, introduciendo una mano entre los dos para desabrocharle los pantalones. Todo había vuelto a la normalidad.

Salvo que olía diferente.

Abrí los ojos de golpe y traté de apartarme, empujando contra unos hombros tan duros como la piedra. Lancé un escueto grito de horror.

– Soy yo -dijo una voz familiar.

– Eric, ¿qué demonios estás haciendo aquí?

– Acurrucarme.

– ¡Serás hijo de perra! ¡Pensaba que eras Bill! ¡Creí que había vuelto!

– Sookie, necesitas una ducha.

– ¿Qué?

– Tienes el pelo sucio y podrías tumbar a un caballo con el aliento.

– Me importa un bledo lo que pienses -le solté.

– Anda, ve a lavarte.

– ¿Por qué?



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