– Porque tenemos que hablar, y estoy convencido de que no te apetecerá tener una larga conversación en la cama. Y que conste que no es porque a mí me moleste compartir lecho contigo -se apretó contra mí para demostrar lo poco que le molestaba-, pero lo disfrutaría más en compañía de la Sookie higiénica que un día conocí.

Probablemente nada de lo que hubiera podido añadir me habría hecho salir de la cama más deprisa que eso. La ducha caliente le sentó de maravilla a mi cuerpo helado, mientras que mi mal humor se encargó de subirme la temperatura interior. No era la primera vez que Eric me sorprendía en mi propia casa. Tendría que rescindir su invitación de entrada. Lo que me había detenido ante ese drástico paso hasta el momento, lo que me detenía entonces, era la idea de que si alguna vez necesitaba ayuda y él no podía entrar, quizá estuviera muerta antes de poder gritar «¡Adelante!».

Entré en el baño llevando conmigo unos vaqueros y mi ropa interior, junto con un jersey navideño de color rojo y verde con el motivo de un reno, más que nada porque era lo primero que había encontrado en el cajón. Sólo te puedes poner esas cosas un mes al año, y yo trato de aprovecharlas al máximo. Me sequé el pelo con el secador, añorando la presencia de Bill para que me lo cepillara. Disfrutaba mucho haciéndolo, y yo disfrutaba dejándole. Ante esa imagen mental casi volví a quebrarme, y permanecí de pie, con la cabeza apoyada contra la pared, durante un buen rato mientras acumulaba la voluntad necesaria para seguir adelante. Respiré hondo, miré al espejo y me puse algo de maquillaje. Con el invierno tan avanzado, mi moreno empezaba a flaquear, aunque no dejaba de tener un buen color, gracias a la cama de bronceado del videoclub de BonTemps.

Prefiero los veranos. Me gusta el sol, los vestidos cortos y la sensación de tener muchas horas de luz para hacer lo que quieras. Incluso Bill disfrutaba de los aromas del verano; le encantaba la fragancia del aceite bronceador (eso me dijo) y el del propio sol en la piel.



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