Aquello suscitó un montón de nuevas preguntas, pero me obligué a seguir centrada.

– ¿Cómo puedo llegar hasta ellos? Suponiendo que quiera hacerlo.

– Hemos pensado en un modo con el que podrías reunir información de los humanos que viven donde Bill fue secuestrado -informó Eric-. No sólo se trata de gente a la que he sobornado para que me digan lo que está pasando allí, sino también de personas asociadas directamente con Russell. Es arriesgado. Tenía que decirte lo que sé para que funcione. Y puede que no quieras. Ya han tratado de localizarte. Por lo que parece, quienquiera que tenga a Bill todavía no tiene mucha información sobre ti. Pero Bill no tardará en hablar. Si sigues por ahí cuando se doblegue, te tendrán servida en bandeja.

– Entonces no me necesitarán -puntualicé-. Si ya lo han doblegado.

– Eso no es necesariamente cierto -dijo Pam. Repitieron ese rollo del intercambio de miradas enigmáticas.

– Contádmelo todo -exigí. Me di cuenta de que Chow se había acabado su sangre, así que me levanté para llevarle otra.

– Según cuenta la gente de Russell Edgington, Betty Jo Pickard, la lugarteniente de Edgington, debía tomar un vuelo para San Luis anoche. Los humanos encargados de llevar su ataúd al aeropuerto cogieron el de Bill, que era idéntico, por error. Cuando llevaron el ataúd al hangar que Anubis Air tiene alquilado, lo dejaron sin vigilancia durante unos diez minutos mientras hacían el papeleo. Dicen que en ese tiempo alguien se llevó el ataúd, que estaba en una especie de carro con ruedas, hacia la parte trasera del hangar, lo cargaron en un camión y se largaron.

– Alguien capaz de penetrar en la seguridad de Anubis -dije con un lastre de duda en la voz. Anubis Air se había creado para transportar vampiros tanto de día como de noche con toda seguridad, incluida una férrea vigilancia de los ataúdes de quienes iban dormidos, como anunciaba a bombo y platillo su carta de presentación publicitaria.



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