Evidentemente, los vampiros no tienen por qué dormir en ataúdes, pero es lo más cómodo para desplazarse. Hubo desafortunados «accidentes» cuando los vampiros trataron de hacer lo mismo con Delta. Algunos fanáticos se las habían arreglado para penetrar en el depósito de equipajes y habían abierto un par de ataúdes con hachas. Northwest había sufrido el mismo problema. El ahorro de dinero había dejado de ser de golpe atractivo para los no muertos, que ahora volaban con Anubis casi exclusivamente.

– Creo que alguien se ha hecho pasar por quien no era, alguien que aparentó ir de parte de Edgington a ojos de los empleados de Anubis, y viceversa. Puede que se llevara a Bill al mismo tiempo que la gente de Edgington se marchaba, de modo que ninguno de los guardias se diera cuenta de nada.

– ¿Es que los empleados de Anubis no exigen ver primero los papeles para dar salida a un ataúd?

– Dicen que los vieron, los de Betty Joe Pickard. Iba de camino a Misuri para negociar un acuerdo comercial con los vampiros de San Luis -por un momento me abstraje, preguntándome con qué demonios comerciarían los vampiros de Misisipi y los de Misuri, y entonces decidí que sencillamente no quería saberlo.

– Además se produjo otro foco de confusión en ese momento -estaba diciendo Pam-. Se declaró un incendio bajo la cola de otro de los aviones de Anubis, lo cual distrajo a los guardas.

– Oh, de esos fortuitos pero aposta.

– Eso opino yo -dijo Chow.

– Y ¿por qué querría nadie llevarse a Bill? -pregunté. Aunque me temía que conocía la respuesta. Esperaba que me dieran cualquier otra razón. Gracias a Dios que Bill se había preparado para ese momento.

– Bill ha estado trabajando en un pequeño proyecto especial -dijo Eric, sin quitarme la mirada de encima-. ¿Sabes algo al respecto?

Más de lo que quería. Menos de lo que debía.

– ¿Qué proyecto? -pregunté. Me he pasado la vida ocultando mis propios pensamientos, y ahora recurría a esa añeja habilidad mía. Una vida dependía de ello.



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