
La mirada de Eric saltó a Pam y a Chow. Ambos lanzaron una especie de señal infinitesimal. Eric volvió a centrarse en mí, y dijo:
– Nos cuesta un poco creerte, Sookie.
– ¿Por qué lo dices? -pregunté, prendiendo un poco de enfado a mi voz. Ante la duda, ataca-. ¿Cuándo demonios le ha expresado sus emociones ninguno de vosotros a un humano? Y no cabe duda de que Bill es uno de los vuestros -dije aquello con toda la rabia que pude acumular.
Volvieron a hacer eso de las miradas fugaces.
– ¿Crees que nos vamos a tragar que Bill no te dijo en qué estaba trabajando?
– Sí, eso creo. Porque no lo hizo -en realidad lo había deducido yo sola, en cierto modo.
– Esto es lo que voy a hacer -declaró Eric finalmente. Me miró desde el otro extremo de la mesa, con unos ojos azules tan duros y fríos como el mármol. Se acabó el rollo del vampiro bueno-. No sé si estás mintiendo o no, lo cual es admirable. Por tu bien espero que me estés diciendo la verdad. Podría torturarte hasta que me la dijeras, o hasta que me asegurara de que la habías dicho desde el principio.
Ay, madre. Tomé aire profundamente, lo exhalé y traté de pensar en una plegaria adecuada. «Dios, no dejes que grite demasiado alto» parecía algo débil y negativa. Además, no había nadie que me pudiera oír, aparte de los vampiros, por muy alto que gritara. Llegado el momento, podía dejarme llevar.
– Pero -prosiguió Eric, pensativo- eso podría dañarte demasiado de cara a la otra parte de mi plan, y la verdad es que no hay mucha diferencia en que sepas o no lo que Bill estaba haciendo a nuestras espaldas.
¿A sus espaldas? Oh, mierda. Y ahora sabía a quién culpar por el hondo aprieto en el que me encontraba. A mi amado y querido Bill Compton.
– Ahí ha reaccionado -observó Pam.
– Pero no como esperaba -dijo Eric lentamente.
