
– La opción de la tortura no me entusiasma demasiado -estaba metida en tantos problemas que no era capaz de seguir contándolos, y me atenazaba tanto estrés que sentía la cabeza flotar por encima de mi cuerpo-. Y echo de menos a Bill -aunque en ese momento no habría tenido inconveniente en patearle el culo, le echaba de menos. Si tan sólo hubiera podido tener una conversación de diez minutos con él, cuánto mejor preparada habría estado para los días venideros. Las lágrimas recorrieron mi cara. Pero tenían más cosas que decirme; había más cosas que escuchar, quisiera yo o no-. Espero que me digáis por qué Bill me mintió acerca de este viaje, si lo sabéis. Pam habló de malas noticias.
Eric miró a Pam sin un atisbo de amor en los ojos.
– Ya está filtrándolo todo otra vez -observó Pam con un tono algo incómodo-. Creo que, antes de ir a Misisipi, debería conocer la verdad. Además, si le ha estado guardando los secretos a Bill, esto…
¿Hará que cambie de chaqueta? ¿Que mude su lealtad respecto a Bill? ¿Que se dé cuenta de que nos lo tiene que contar?
Estaba claro que Eric y Chow habían hecho todo lo posible para mantenerme en la ignorancia y que no estaban muy contentos con que Pam me hubiera dado a entender -aunque oficialmente yo no lo supiera- que algunas cosas no andaban del todo bien con respecto a Bill y a mí. Pero ambos clavaron la mirada en Pam durante un largo minuto, y luego Eric asintió con brusquedad.
– Chow y tú esperad fuera -le dijo Eric a Pam. Ella le dedicó una mirada encendida y ambos salieron, dejando sus botellas vacías sobre la mesa. Ni siquiera un «gracias» por la sangre. Ni siquiera el detalle de enjuagarlas. Tenía la cabeza cada vez más ida mientras observaba los modales de los vampiros. Sentí que parpadeaba y pensé que estaba al borde del desmayo. No soy una de esas nenas delicadas que se caen redondas por cualquier tontería, pero creía que aquella vez estaba del todo justificado. Además, vagamente me di cuenta de que no había comido nada en las últimas veinticuatro horas.
