– No dejes que te pase -dijo Eric. Parecía no admitir discusión. Traté de centrarme en su voz y lo miré.

Asentí para indicarle que hacía todo lo que podía para aguantar.

Se acercó a mi lado de la mesa, giró la silla que había usado Pam y me la acercó. Se sentó y se inclinó hacia mí, cubriendo con su gran mano blanca las dos mías, que seguían plegadas sobre mi regazo. Si cerraba la mano, sería capaz de romperme todos los dedos. No volvería a trabajar como camarera.

– No me gusta ver que te asusto -dijo, pegando su cara demasiado a la mía. Podía oler su colonia (Ulysse, pensé)-. Siempre me has gustado mucho.

Siempre había querido acostarse conmigo.

– Además, quiero follarte -sonrió, pero en ese momento no me afectó en absoluto-. Cuando nos besamos… fue muy excitante -nos habíamos besado en el cumplimiento del deber, por así decirlo, y no por gusto. Pero sí que había sido excitante. ¿Cómo no iba a serlo? Estaba buenísimo y había gozado de varios siglos para perfeccionar su técnica del beso.

Eric se acercó cada vez más. No estaba segura de si quería besarme o morderme. Tenía los colmillos extendidos. Estaba enfadado, cachondo, hambriento, o las tres cosas a la vez. Los vampiros más jóvenes suelen cecear cuando hablan, hasta que se acostumbran a los colmillos. Eric hablaba con suma claridad. También había tenido siglos para perfeccionar esa técnica.

– De alguna manera, ese plan de tortura no me ha hecho sentir muy sexy -le dije.

– Pero no ha dejado impasible a Chow-me susurró al oído.

No temblaba, aunque debía.

– ¿Te importaría ir al grano? -le pedí-. ¿Me vas a torturar o no? ¿Eres mi amigo o mi enemigo? ¿Vas a buscar á Bill o vas a dejar que se pudra?

Eric se rió. Era una carcajada breve y carente de toda gracia, pero era mejor que verlo acercarse, al menos en ese momento.

– Sookie, eres de lo que no hay -dijo, pero no como si lo encontrara entrañable-. No te voy a torturar, por una cosa: odiaría arruinar esa maravillosa piel tuya; un día espero verla al completo.



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