
Esperaba que ésta siguiera cubriéndome el cuerpo cuando eso ocurriera.
– No siempre vas a tener tanto miedo de mí-dijo, como si fuera capaz de leer el futuro-. Y no siempre le serás tan fiel a Bill como lo eres ahora. Tengo que decirte una cosa.
Aquí venían las malas noticias, peores que malas. Sus fríos dedos se enroscaron en los míos y, sin quererlo, sostuve su mano con fuerza. No se me ocurría una sola palabra que decir, al menos una que fuese segura. Mis ojos estaban clavados en los suyos.
– Bill tuvo que ir a Misisipi -me contó Eric- para atender la llamada de una vampira a la que conoce desde hace muchos años. No sé si te has dado cuenta de que los vampiros casi nunca se acuestan con los suyos más allá de un rollo de una noche. No lo hacemos porque aparearse y compartir sangre nos da poder sobre el otro para siempre. Esta vampira…
– Su nombre -exigí.
– Lorena -contestó reacio. O puede que me lo quisiera contar desde el principio, y que su desgana no fuese más que una cortina de humo. Quién demonios puede saberlo con un vampiro.
Esperó a ver si yo hablaba, pero no lo hice.
– Ella estaba en Misisipi. No sé si vive allí o si sólo fue para tenderle una trampa a Bill. Llevaba mucho tiempo viviendo en Seattle, lo sé porque Bill y ella pasaron años allí juntos.
Y yo que me había preguntado por qué habría escogido Seattle como destino ficticio. Al parecer, no era algo que hubiese elegido al azar.
– Fuese cual fuese su intención al citarlo allí… Cualquiera que fuese su excusa para no ser ella quien viniera aquí… Tal vez Bill intentaba tener cuidado contigo…
En ese momento me quise morir. Respiré hondo y bajé la mirada a las manos entrelazadas. Me sentía demasiado humillada como para mirar a los ojos a Eric.
